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“Las mujeres vienen a mí para un vestido como acuden a un pintor distinguido para que ponga su retrato sobre un lienzo. Soy un artista, no un creador de atuendos”, declaró Paul Poiret a The New York Times durante una visita a Estados Unidos en 1913 (sí, hubo un tiempo en el que los diseñadores hacían giras por países extranjeros y concedían entrevistas sin exigir las preguntas por adelantado). Fue la primera vez que un diseñador hacía referencia explícita a su (supuesta) condición de artista. En la moda -como en la vida- el primero en declararse no siempre ha sido el primero en hacer algo. Sólo el primero en decirlo.
La pose
Antes que Poiret, Charles Frederik Worth –el británico que con la ayuda de un inversor sueco estableció las bases de la industria de la alta costura parisina-; había dado un paso fundamental para que la figura de diseñador se equiparase a la de artista en parte, probablemente, porque a finales del siglo XIX dedicarse al vestido femenino no estaba bien visto: adoptó el uniforme de Rembrandt. Llevaba casi siempre una boina de terciopelo, corbata con lazada como los bohemios y un traje simple bajo una pesada capa. Además, tenía el gesto serio y actuaba con severidad. Su profesión sólo podía entenderse como algo respetable.

Poco después Poiret le subió la apuesta haciendo cuanto estuvo en su mano por estrechar lazos entre ambas disciplinas. De Worth había aprendido la importancia de la pose y del modista Jacques Doucet había heredado el gusto por el arte (además de alternar con Matisse o Modigliani, Doucet fue el primer propietario de Les Demoiselles d’Avignon de Picasso). En 1908 invitó a Paul Iribe a ilustrar sus diseños, que fueron publicados en el libro Les Robes de Paul Poiret Racontées par Paul Iribe. Fue el primer paso para que la ilustración se convirtiese en parte indispensable de la comunicación de moda, y también el empujón definitivo para que a esos profesionales que también se les considerase artistas a pesar de dedicarse a la representación de productos comerciales.
Las colaboraciones
Llegó entonces la época de las vanguardias. Los ballets de Diáguilev vestidos por Chanel y decorados por Picasso, las colecciones temáticas de Schiaparelli con prendas intervenidas por Dalí, las portadas de Vogue firmadas por Bérard. Cuando la ilustración dio paso a la fotografía, sus artífices también fueron artistas. Noire et Blanche de Man Ray, publicada por Vogue Francia en 1926 se vendió en 2017 por 3,1 millones de dólares. Aunque moda y arte no han vuelto a tener una relación tan íntima como en tiempos del surrealismo, la historia de Yves Saint Laurent no sería la misma sin el vestido Mondrian (1965) ni la de Versace sin la colección Pop (1991). Sin ser coetáneos, ambos vivieron bajo la influencia de Warhol, el artista que difuminó tanto la línea que separa el arte y la moda que llegó a enrolarse en una agencia de modelos.

Marc Jacobs (que sí ha sido pionero en muchas cosas, pero ha preferido no decirlo) llevó el concepto de colaboración a la gallina de los huevos de oro de la industria de la moda: los bolsos. Conseguir hoy un Speedy de Louis Vuitton de sus colaboraciones con Stephen Sprouse (2001 y 2009) o Takashi Murakami (2003 y 2008) requiere tiempo de investigación y más dinero que en el momento que fueron presentadas, y no solo por aquello de la inflación. Para hacerse con una de las piezas de la colaboración de la maison francesa con Yayoi Kusama, en cambio, basta con visitar la boutique online de la firma.
El lenguaje
En 2022 Christie’s celebró una de sus famosas ventas de Hermès. Sesenta y nueve lotes que incluían codiciados bolsos Birkin y artículos de piel exótica se subastaron por un total de 2.273.040 euros. Términos como «subasta», «lote», «exposición», «intervención» y «colaboración», tan comunes en el mundo del arte, han sido alegremente adoptados por la moda. Por no hablar de que los diseñadores ya no son directores creativos, son directores artísticos. Desde la primera exhibición del Costume Institute en 1976, organizada por Diana Vreeland y dedicada a Balenciaga, se ha repetido la fórmula de fusionar moda y arte en museos, aunque hay quien entiende este tipo de muestras como una simple forma más de promoción del capitalismo.
La segunda carrera
“Enfocarme únicamente en camisetas no iba acorde con mi visión. Aprecio las cosas que son muy accesibles, pero también valoro conceptos de alta gama”, contaba Shayne Olivier a Business of Fashion cuando anunció que se apartaba de las labores de diseño de Hood by Air. Su último proyecto, Mall Of Anonymous, es una instalación inmersiva en Berlín que combina vídeo, fotografía y prendas de las tres marcas que planea lanzar el año que viene.

El sistema moda puede ser especialmente frustrante para las personas creativas, y el mundo del arte un refugio en el que encuentran consuelo. El gran ejemplo es Martin Margiela, que antes de retirarse ya había puesto su grano de arena para que entre ropa y obra artística encontrásemos menos diferencias. Con Chalayan o Kawakubo logró que en los 90 nos enamorásemos de lo que no entendíamos. La primera exposición artística del belga, celebrada en 1997, estuvo formada por una serie de prendas vintage de sus colecciones tratadas con hongos, moho y bacterias, que alteraban su apariencia según avanzaban los días en el calendario. A través de ese proceso Margiela ponía sobre la mesa la historia de las tiendas y mercados de ropa usada, y la forma en que es habitada por cuerpos e identidades que van cambiando. En 2005, cuatro años antes de la huida más estelar de la historia de la moda, Helmut Lang decidía cambiar el uniforme de diseñador por el de artista. Con las prendas que no se quemaron en el incendio que sufrió su estudio en 2010 reducidas a jirones por sus propias manos levantó las 16 columnas que formaron Make It Hard, su primera exposición en solitario. El fuego como concepto.