Con representantes como Tommy Hilfiger, Lacoste o Polo Ralph Lauren, la estética preppy ha pasado de ser señalada con dedo acusador por ser considerada «ropa de pijos» a ser acogida con orgullo por la moda urbana propia de los barrios. El concepto de todo este imaginario ha sido reconstruido en un proceso que revela el peso de la moda en la cultura y la sociedad.
La palabra preppy es una abreviación de la palabra «preparatorio» en inglés. Los preppies eran convencionalmente jóvenes que estudiaban en escuelas de alto prestigio de los Estados Unidos, provenientes de familias de alta clase social que podían costearse los precios de estas «preparaciones». En definitiva, el preppy nace en las mejores universidades norteamericanas, de modo que en un principio la palabra no designaba solo una estética o un modo de vestir, sino también un nivel social y económico concreto. Con el tiempo, el concepto preppy se ha democratizado. Otras clases sociales más bajas y familias de menor reputación económica o social comenzaron a introducirse en esta tendencia, con picos más altos debido a los fenómenos cíclicos de la moda o incluso a productos culturales como la serie Gossip Girl. De este modo, el preppy acabó designando sencillamente un modo de vestir.

Ahora, la tendencia preppy está batallando más fuerte que nunca en el juego urbano. La estética del barrio se ha apropiado de los códigos de las clases altas, despojándoles de su quintaesencia para incluirla en sus propios armarios. La idea de robarles a los ricos aquellos símbolos que manifiestan su condición privilegiada ha provocado un cambio radical en los movimientos en el mercado de marcas como Lacoste, que ha pasado de ser una firma posh a convertirse en una referencia en la moda de jóvenes underground, desde el trap de los suburbios de París hasta el resto del mundo. Ahora, parece que la moda urbana está apostando alto por las marcas que tradicionalmente han ilustrado el sueño americano en todo su esplendor. Y los miembros de la Ivy League contemplan, sin poder hacer nada, cómo aquellos colectivos de los que siempre han huido ahora llevan la misma ropa que ellos.

Padrino del estilo preppy, Polo Ralph Lauren basa la identidad de la marca en el lifestyle de lujo americano, con referencias visuales a las actividades de ocio y deportes de la élite y guiños a la educación más distinguida. Y curiosamente, la mascota de Polo Ralph Lauren es ahora un icono del hip-hop. El emblemático oso vestido con prendas elegantes y outfits clásicos protagoniza varias prendas del vestuario de raperos como Kanye West. El cómo ha llegado hasta ahí es aún más impactante. Fueron los Lo-Lifes, una pandilla hip-hop de los años 80 que respiraba exclusivamente Polo Ralph Lauren, quienes marcaron un antes y un después en la concepción social de la marca norteamericana. La crónica de esta historia se cuenta a partir de documentos gráficos y escritos en el libro Bury Me With The Lo On (Victory Editions), un volumen imprescindible para los fanáticos de las curiosidades del streetwear. Impulsados por la influencia de esta subcultura, los chicos de Brooklyn se subían a los trenes en masa en dirección a los grandes almacenes de moda, dispuestos a adquirir sus nuevas piezas Polo.

Lejos de intentar desvincularse de estos terrenos hasta ahora desconocidos para Ralph Lauren, la firma fluyó en este imaginario y puso todas sus cartas sobre la mesa. La marca decidió acoger con gusto a todos esos colectivos que, lejos de haberla ayudado a construir su imperio económico, la han hecho protagonista de un movimiento cultural inaudito. También Lacoste se ha impregnado de lleno en su nuevo rol, siempre sin renunciar a su heritage de exclusividad y lujo. Una demostración perfecta de cómo el cocodrilo ha reforzado sus nuevos vínculos con la escena del rap y el trap francés es su colaboración con el artista Moha La Squale. También las colaboraciones más recientes de ambas, desde Lacoste x Supreme hasta Polo Ralph Lauren x Palace, dejan patente que ahora quieren jugar con otras armas.

Lo creas o no, el imperio de Tommy Hilfiger se debe en gran parte a la cultura hip-hop. En los años 90, la marca se convirtió en una de las primeras en poner el focus en artistas afroamericanos, convirtiendo a un grupo minoritario en el gran protagonista. Se trata de una actitud que multitud de firmas hoy día implantan como estrategia comercial; pero Tommy Hilfiger, lejos de caer en la apropiación cultural, se unió al imaginario hip-hop de colectivos racializados por puro amor a la música, arriesgándose a tener que gestionar el fracaso de su acción en un momento en el que este tipo de comportamientos no estaban tan aceptados como ahora, tres décadas después. De hecho, por aquel entonces la tendencia entre las firmas que establecían vínculos con la escena hip-hop consistía en apariciones rápidas en la ropa de los artistas, pero nunca en trabajar verdaderamente con ellos.

Los raperos amaban Tommy Hilfiger: sus logotipos maximizados, su aire distintivo y sus patrones urbanos. El caso de la marca es realmente impresionante. Sin que una parte de la sociedad le rebatiera su espíritu WASP (White Anglo-Saxon Protestant), privilegiado y con códigos de clase alta; la icónica bandera de la marca era vestida con orgullo por estrellas como Snoop Dogg o A$AP Rocky. Tommy Hilfiger ha continuado con esa herencia, actualizando y reinterpretando las prendas de su catálogo anterior al nuevo milenio en la línea Tommy Jeans. La propuesta denim de la firma norteamericana subvierte los códigos preppy con un toque fresco y juvenil que ha enamorado al panorama de la moda urbana actual como si fuera la primera vez. El old-school de siempre, fuerte como nunca.

Así es como estética preppy ha terminado por reinterpretarse y redefinirse a manos de aquellos para quienes no estaba destinada. Más allá de la moda, su reconceptualización es todo un fenómeno sociocultural que deja su huella en la historia del streetwear como una nueva victoria de los barrios y los grupos discriminados.